viernes, 17 de marzo de 2017

Tras la victoria en Granada… Extendamos la Marea Blanca a todos los rincones para salvar la Sanidad Pública



Las muchas agresiones a la Sanidad Pública, que de forma larvada la socavan desde hace mucho tiempo, alcanzaron en Granada niveles máximos pues, con la justificación siempre utilizada de una mejor gestión de los recursos, se pretendía disminuir los recursos hospitalarios, ya de por sí insuficientes, mediante la fusión de sus hospitales. La sanidad pública española ha estado entre las mejores del mundo, según todos los evaluadores externos, pero muchas de las usuarias y usuarios no son conscientes de ello porque siempre resaltan más sus carencias y fallos que, lógicamente, siempre los ha habido. La sanidad pública es una conquista de la clase trabajadora y ha sido tan eficaz que ha llegado a minimizar al sector privado, que en gran parte ha parasitado siempre al público. Sin embargo, en los últimos tiempos la expansión de la atención privada crece sin cesar y con unas características diferentes al pasado, pues sus propietarios son grandes inversores extranjeros y nacionales que han trasladado su capital desde el sector de la construcción tras el hundimiento de éste; muchos de los profesionales sanitarios son en estas grandes empresas asalariados mal remunerados. ¿Qué está sucediendo para este cambio en algo tan fundamental como la asistencia sanitaria, que se está convirtiendo en un negocio para unos pocos?
Desde 2007, con la crisis económica y la explosión de la burbuja inmobiliaria, la desigualdad ha aumentado porque la crisis la estamos pagando las y los de abajo con el aumento en la precarización del empleo y la caída de los salarios. A este retroceso se está sumando un gran salto en el deterioro de los servicios públicos por los recortes presupuestarios ocasionados por la priorización de la deuda, fuertemente incrementada por el rescate bancario, y los objetivos de déficit impuestos por la Comisión Europea y aceptados por los partidos del bipartidismo.
Ya desde 1997, año en el que el PSOE aprobó, con el apoyo de toda la derecha, la ley “Sobre habilitación de nuevas formas de gestión del Sistema Nacional de Salud”, la sanidad pública está siendo privatizada y se desangra gota a gota en una hemorragia oculta que no provoca la reacción de l@s usuari@s y hasta pasa desapercibida. Solo se manifiesta en quejas “había mucha gente en el médico”, “me ha visto muy rápido”, “no me manda al especialista”, “no voy a poder pagar la medicina”, “me han citado para dentro de un año”, “en rehabilitación me han dado una tabla de ejercicios para hacerlos en casa”, “me dijeron que me llamarían para operarme pero ha pasado más de un año”, “se me pasa la edad para reproducción asistida”, … El acto sanitario es individual y confidencial y esto, junto a la barrera de comunicación entre usuari@s y profesionales, hace que las deficiencias parezcan personales y producto de “la mala suerte” o incluso culpa del profesional que nos atiende. No hay conciencia de que el problema es general y es la consecuencia de la degradación del sistema por el estrangulamiento en su financiación y el desvío de recursos, por múltiples mecanismos, al sector privado (1).
Lo primero en ser privatizado en muchos hospitales fueron los servicios de mantenimiento, hostelería y limpieza, que se consideraron “no sanitarios” olvidando que la Organización Mundial de la Salud dice que “la salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social”. Un hospital es un gran equipo y esas compañeras y compañeros son fundamentales para el bienestar del paciente y para el correcto funcionamiento del conjunto. Estos trabajos fueron contratados con grandes empresas y la pregunta evidente es: si esas empresas sacan grandes beneficios, ¿cómo se ahorra con su contratación? No es cierto el ahorro que lo justifica y lo que se presenta como una mejora de gestión no es más que lo que están haciendo las grandes empresas con la contratación y subcontratación: rebajar los derechos de las trabajadoras y trabajadores, rebajar sus salarios y precarizar sus contratos. Esta privatización ha reducido la plantilla y ha significado una división más de l@s trabajador@s de los hospitales, debilitando sus luchas. Como trabajador sanitario en un gran hospital he vivido la penosa situación de una cafetería de personal donde la plantilla desayunaba indiferente a la enorme tensión de quienes estaban tras la barra en una negociación de convenio en la que la empresa atacaba fuertemente sus derechos. Esto es posible porque, a pesar de la camaradería, muchos de l@s trabajador@s de la sanidad se muestran, en lo laboral, profundamente insolidarios. Desde hace tiempo los diferentes estamentos se han centrado en reivindicaciones de sus derechos de grupo, a través de sus sindicatos corporativos, pero no se movilizan unidos por las condiciones de trabajo o incluso por la pérdida general de poder adquisitivo. Todavía en el sector sanitario abundan quienes se sienten “profesionales liberales”, sin concienciarse de que son trabajador@s asalariad@s. Incluso dentro de un mismo estamento el “divide y vencerás” ha triunfado y muchos se acomodan con pequeños privilegios personales o ven con indiferencia, desde la comodidad de un puesto en la plantilla, los abusos que se cometen sobre las contratadas y contratados, sin movilizarse en su defensa. Son much@s l@s que se sienten “clase media” sin concienciarse de que son clase trabajadora y de que, a pesar de su sueldo fijo a fin de mes en estos tiempos difíciles, están perdiendo derechos ell@s y el conjunto de la sociedad. En este contexto, las burocracias sindicales funcionan como gestorías, sin intentar enfrentar los recortes mediante la movilización y sin capacidad real de ésta cuando lo intentan; he ido a asambleas del hospital convocadas por CCOO por importantes problemas donde acudíamos cinco personas. Conociendo este sustrato, hay que valorar que en la manifestación de la Marea Blanca del pasado 15 de enero en Sevilla la participación de profesionales de la sanidad pública fue bastante masiva, y de todos los estamentos. La cuesta abajo por la que cae la sanidad pública ha abierto muchos ojos, y l@s sanitari@s empiezan a rebelarse contra las agresiones a sus condiciones de trabajo y a la calidad de lo que pueden hacer con los medios cada vez más reducidos de que disponen.
Pero si se privatiza el mantenimiento ¿por qué no hacerlo con otras parcelas del hospital? Y eso es, en efecto, lo que se está haciendo mediante lo que llaman “externalización”, que no es otra cosa que contratar con la privada lo que debería hacerse en la pública. Al externalizar los servicios se reduce la plantilla y se dotan menos recursos, debilitando el sistema, mientras se enriquece a la privada, a la que se envían exploraciones radiológicas, análisis o intervenciones quirúrgicas. La Junta de Andalucía cada vez utiliza más este sistema, y los conciertos con clínicas privadas, mientras mantiene cerrados hospitales como el comarcal de Morón o el antiguo Hospital Militar o realiza “fusiones” de hospitales y centros de salud.
Pero, además, en la práctica no hay peor privatización que la que se realiza de forma larvada por dejación de funciones, y eso es lo que estamos viviendo en Andalucía. Dificultar, o retrasar, el acceso al especialista o a las intervenciones quirúrgicas de tal manera que el o la paciente, si tiene medios económicos, acude a la medicina privada o se ve obligado a contratar un seguro de asistencia sanitaria. La medicina pública evoluciona así hacia una medicina para pobres que se resiente en su calidad mientras en la práctica pierde su universalidad. Se trata de reducir las listas de espera por abandono de quienes no pueden resistir más. El malestar que se genera se combate fundamentalmente con un gasto enorme en propaganda en los medios afines e incluso en los objetivos de l@s profesionales para la productividad se incentiva “la generación de noticias”.
Es en este contexto de degradación progresiva en el que surge la movilización de la Marea Blanca en Granada, porque la hemorragia gota a gota en el sistema amenaza ya con desangrarlo, y el salto en los recortes de los medios asistenciales ha sido en esta ocasión demasiado brutal para provocar, como hasta ahora, una reacción de “baja intensidad”. Ha contado además con algo fundamental en esta lucha: la existencia de profesionales de la sanidad comprometidos que han superado la barrera de comunicación con l@s usuari@s. La fuerza de la movilización en Granada ha sido la existencia de un objetivo concreto, muy visible y defendido por todas y todos: no a los recortes hospitalarios mediante el proceso de fusión hospitalaria. El triunfo de la reivindicación demuestra que es posible cambiar las cosas y frenar los recortes con la movilización de usuari@s y profesionales unid@s; lo más importante no es que hayan cesado gestores que encabezaban los recortes, que serán sustituidos por otros que aplicarán políticas parecidas, sino que se ha conseguido tumbar una ley que avanzaba en los recortes en detrimento de la asistencia.
Esa es una tarea pendiente de la Marea Blanca en el resto de provincias. No basta con una reivindicación difusa “contra los recortes” o “en defensa de la sanidad pública”, en la que cabe todo y en la que es posible ver a políticos cínicos que están “por la mejora de la gestión” cuando privatizan o cierran las puertas de la sanidad a los emigrantes. Es imprescindible dejar claro qué sanidad pública defendemos y concretar una tabla de reivindicaciones en su defensa. Entre ellas pueden estar:
- Derogación de la Ley 15/1997, de 25 de abril, sobre habilitación de nuevas formas de gestión del Sistema Nacional de Salud.
- Atención sanitaria completa para tod@s. L@s inmigrantes deben tener pleno derecho a la misma, cualquiera que sea su situación legal en el Estado español.
- Recuperación de las plantillas de antes de los recortes reponiendo las plazas amortizadas. Estas deben ser cubiertas con oposiciones y no con contratos eventuales como está ocurriendo en la actualidad. El objetivo debe ser llegar a lo recomendado por la OMS para la tasa de profesionales y en ningún caso debe ser inferior al de otras comunidades autónomas, pues Andalucía se encuentra a la cola en número de efectivos médicos y enfermeros por cada 100.000 habitantes.
- Apertura total de los hospitales cerrados o infrautilizados con especial dedicación a la actividad quirúrgica y a la geriatría.
- Reapertura de los Centros de Salud cerrados mediante “fusión” con otros, fusiones que en la práctica han significado una reducción del número de profesionales y una masificación aún mayor de las consultas de primaria.
- Reapertura de servicios de urgencia, cuyo cierre está saturando aún más las urgencias hospitalarias. Dimensionamiento adecuado de éstas para acabar de una vez con las deficientes condiciones asistenciales. El uso adecuado de las urgencias hospitalarias se consigue trabajando en Educación Sanitaria y atendiendo adecuadamente en la primaria, no culpabilizando a l@s pacientes.
- Dimensionamiento adecuado de las asistencias psicológica, psiquiátrica y geriátrica
- Trasparencia de los objetivos de productividad de l@s profesionales, revisando aquellos que priorizan lo económico sobre lo asistencial, como los límites de citas a los especialistas. El incentivo económico de productividad se está utilizando cada vez más para convertir a l@s profesionales en gestores de los recortes. Lo que inicialmente era una racionalización del gasto y una buena administración de los recursos se ha convertido en una forma de presión que condiciona el libre ejercicio y contribuye a restricciones en el uso de los recursos.
- Transparencia en las listas de espera, cesando su manipulación, registrando a l@s pacientes desde el primer momento en que son indicadas las intervenciones. Cumplimiento de los plazos previstos y establecimiento de estos plazos en los procesos que no los tienen definidos.
- Revisión del modelo de las Unidades de Gestión Clínicas, que obliga a los profesionales a ser gestores económicos.
- Revisión y cese de la gestión privada de lo público mediante empresas públicas, que sirven para eliminar derechos de l@s profesionales, facilitar el acceso a las plazas sin garantías de igualdad y evitar controles administrativos legales.
- Supresión del copago de medicamentos.
- Adecuación de los recursos para evitar el desvío asistencial sistemático a la privada.
- Revisión y cesión de la gestión a empresas privadas de los hospitales públicos.
- Participación real de l@s usuari@s en los organismos sanitarios.
- Participación de l@s profesionales en la gestión de los centros.
Estas demandas deberían concretarse en números y lugares de actuación que impliquen directamente a l@s afectad@s como en el caso de Granada.
Ya en 2014 las movilizaciones de la Marea Blanca en Madrid consiguieron paralizar la privatización de seis hospitales y la dimisión del entonces consejero de Sanidad. Ahora el triunfo de la Marea Blanca contra la fusión de hospitales en Granada va a ser solo el primero en una larga lucha por la recuperación de una Sanidad Pública de calidad para tod@s. Nuestra salud no es su negocio.
Jesús A. Castillo

jueves, 16 de marzo de 2017

Rusia 1917

Un verdadero asalto al cielo



En 2017 se cumple un siglo de la Revolución de octubre de 1917 en Rusia. Fueron “Los diez días que estremecieron al mundo”, y se convirtieron en el título del famoso libro escrito por el periodista revolucionario estadounidense John Reed. La frase es absolutamente justificada. El “octubre rojo” estremeció al mundo porque demostró que los obreros, las oprimidas, los “sin nombre”, tienen la fuerza para cambiar radicalmente la sociedad, luchando contra “dioses y demonios”. No se trataba de la primera revolución en la historia. En las primeras décadas del siglo XX, la izquierda de la época (tanto revolucionarios como reformistas) buscaba inspiración y orientación en su actividad estudiando la Gran Revolución Francesa de 1789-1793. No fue casualidad que una de las canciones revolucionarias favoritas fuera “La Marsellesa de los Trabajadores”, con letra socialista escrita sobre la “Marsellesa” más clásica.
La Revolución Francesa fue de verdad “grande” por muchas razones, entre las cuales está el hecho del papel protagonista que tuvieron los estratos pobres en sus batallas. Pero la revolución francesa fue una revolución burguesa: los trabajadores, campesinos y campesinas, los pobres, dieron su sangre, pero los frutos de la batalla los cosechó la clase burguesa.
En Rusia en 1917 las cosas tomaron un camino diferente. En febrero, la revolución empezó en Petrogrado con las trabajadoras de las fábricas textiles y derribó al zarismo, un régimen retrógrado y autoritario que llevaba siglos. Rusia, en pocos días, se convirtió en el país más democrático del mundo, pero la revolución no paró ahí.
El zar se había ido, pero la guerra continuaba. Millones de personas habían perdido sus vidas en la masacre imperialista que había empezado en 1914. La reivindicación de paz era el asunto más caliente. También la lucha de obreras y obreros para conquistar sus derechos y el control de las fábricas y la economía. Los comités de fábricas y los sindicatos estaban dando esta batalla en condiciones de derrumbe económico. Los capitalistas querían utilizar la “mano demacrada del hambre” (según la expresión de un gran industrialista) para estrangular a la revolución. Los obreros habían empezado el asalto y detrás vinieron los campesinos con una ola de revueltas para tomar el control de la tierra. ¿Quién garantizaría “paz, pan y tierra”? La respuesta que daban los bolcheviques, el partido revolucionario de Lenin y Trotsky, era sencilla: los soviets, o sea, los consejos obreros.
El primer soviet apareció en Petrogrado en la primera Revolución Rusa en 1905. En 1917 reaparecieron a escala masiva. Eran una nueva forma de poder, donde los representantes eran directamente revocables, su elección se llevaba a cabo principalmente en los centros de trabajo, y eran “entes de trabajo”, es decir, votaban leyes pero a la vez aplicaban sus propias decisiones.
Los bolcheviques ganaron la mayoría dentro de estos soviets a través de una serie de batallas políticas y principalmente a través de la experiencia de millones de obreros y soldados. En octubre de 1917 los bolcheviques lideraron los soviets para echar al Gobierno Provisional burgués y tomar el poder.
Se trataba de la primera vez en la historia -con la excepción de la Comuna de París, que tuvo corta vida- que la clase obrera no solo hacía una revolución, sino que la ganaba. Un general zarista, Zaleski, escribió (aunque ya era… tarde): “¿Quién podría creerse que el limpiador y el guarda de noche del Palacio de la Justicia iban a convertirse de repente en Fiscal General y el enfermero en director del hospital?”
Realmente, a ojos de las clases dirigentes, el mundo parecía ponerse patas arriba, el “orden natural de las cosas” se anulaba. Pero, a los “de abajo” de todo el mundo, eran exactamente estas noticias las que les daban calor al corazón y ampliaban sus esperanzas. Porque como había escrito Lenin unos años antes, la revolución es “la fiesta de los oprimidos y los explotados” y su victoria fue una fiesta al cuadrado.
El nuevo poder obrero satisfizo con un decreto breve la sed de campesinos y campesinas por la tierra donde trabajaban. No hicieron falta “comités de expertos” y “tecnócratas”. El decreto se basó en las reivindicaciones que llevaba meses expresando el movimiento campesino.
Lo mismo se hizo con el decreto sobre el control obrero. Según un historiador del movimiento obrero de Petrogrado, el decreto “reconocía el derecho de obreros y obreras en todas las empresas industriales de cualquier tamaño a controlar todas las partes de la producción, tener acceso a todos los niveles de la dirección, incluidos los asuntos financieros y, por último, el derecho de los órganos más bajos del control obrero (es decir, los comités de empresa) a obligar a los patrones a que se comprometan a aplicar sus decisiones.” (S. A. Smith, Red Petrograd Revolution in the Factories 1917-18)
En 1917, Lenin en su libro “Estado y Revolución” escribía que poder obrero significa “cualquier cocinera podrá gobernar el estado”. Esta frase, que tanto en aquel momento como hoy se considera por algunos “simplista” y “populista”, se tornó real en los meses que siguieron a la Revolución de octubre. Clase obrera en el poder significa también lucha contra todos los tipos de opresión y discriminación. El “octubre rojo” dio lecciones que iluminan en este aspecto. Las naciones oprimidas ganaron su derecho de autodeterminación hasta la ruptura con el estado ruso. Millones de musulmanes que habían sufrido opresión bajo un régimen donde el zar era también el líder de la Iglesia ortodoxa, ganaron su derecho a autogobernarse en asuntos religiosos y legales.
Todas las leyes que perpetuaban la opresión de la mujer se anularon en un simple trazo. Lo mismo ocurrió con las leyes que organizaban las discriminaciones contra los homosexuales. Pocos años más tarde, tribunales soviéticos se pronunciaban a favor del matrimonio entre parejas del mismo sexo.
“En este momento se está llevando a cabo delante de nuestros ojos una revolución en la vida cotidiana. Cada día esta revolución está ganando espacio y profundidad y por eso estamos viendo entrar en nuestra vida, en la práctica del día a día, la liberación de la mujer”, escribía Alejandra Kollontai en su libro “Liberación económica y sexual de la mujer”.
Alumnos y profesorado juntos decidieron una enseñanza diferente sin competencia, sin exámenes ni exclusiones. En tres años se crearon doce mil colegios nuevos con un millón y medio más de alumnos, y 11 nuevas universidades. Como resultado, el analfabetismo disminuyó impresionantemente y la educación se hizo accesible a millones de obreras y campesinas.
El arte y la ciencia vivieron una creatividad y liberación sin precedentes. El término “Vanguardia Rusa” llegó a simbolizar la búsqueda de nuevos caminos para la gente del arte y de las letras en todo el mundo. No hubo ningún ámbito de acción por la liberación de la humanidad de la explotación, la opresión, las supersticiones y el oscurantismo que no recibiera un empuje por la revolución victoriosa de los obreros en la Rusia de hace cien años.
Después de tantas contrarrevoluciones que han acontecido desde entonces, la revolución de octubre de 1917 sigue siendo la fuente de inspiración para todos y todas las que luchan por cambiar el mundo.

Lenin y los Bolcheviques: apostando por las opciones de la victoria


La revolución rusa empezó espontáneamente, en el sentido de que ningún partido organizó las manifestaciones que llevaron a la caída del zar en febrero 1917. Pero no terminó espontáneamente. En octubre los soviets tomaron el poder, y este “movimiento” lo organizó un partido, los bolcheviques.
Los bolcheviques se constituyeron como un ala del POSDR (Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia) desde 1903 y como un partido desde 1912. Lenin era su líder, contando con el mayor reconocimiento desde el principio. Bajo esta visión, su partido, que pasó a llamarse “Partido Comunista” en 1918, era “el partido de Lenin” y de Trotski después de 1917 -según enemigos y amigos-.
 Antes de la revolución de octubre, los bolcheviques se habían transformado en un partido masivo de centenas de miles de afiliados y afiliadas. Victor Serge, el luchador anarquista que se trasladó a la Rusia revolucionada en 1919 y se integró en el partido comunista, explica en su obra monumental “Año Uno de la Revolución Rusa” el porqué:
“Cuando los artilleros de los acorazados del mar Báltico, llenos de ansiedad por los peligros que amenazan a la revolución, buscan un camino, allí está el agitador bolchevique para indicárselo. Y no hay otro camino que aquél; eso es la evidencia misma. Cuando algunos soldados que se encuentran en las trincheras quieren dar expresión a su voluntad de acabar con aquella matanza, eligen para formar el comité del batallón a los candidatos del partido bolchevique. Cuando los campesinos, hartos ya de las dilaciones de “su partido” socialista-revolucionario, se preguntan si no ha llegado ya la hora de actuar ellos mismos, llega hasta ellos la voz de Lenin: “¡Labrador, coge tú mismo la tierra!” Cuando los obreros sienten que la intriga contrarrevolucionaria ronda por todas partes a su alrededor, el diario Pravda les suministra el santo y seña que presentían ya y que es el que imponen las necesidades de la revolución. La gente que pasa por la calle, en estado lastimoso, como un rebaño, se detiene frente a los cartelones pegados por los bolcheviques, y exclama: “¡Justo! ¡Eso mismo!”. Eso mismo. Aquella voz es la suya propia.”
Los bolcheviques no se convirtieron en “la voz” de los obreros y en general de las personas oprimidas ni por arte de magia ni porque utilizaran los eslóganes más inteligentes, ni porque dijeran “lo que las masas querían oír”, como decían los que los acusaban de “populismo” en aquellos momentos. Su éxito se basó en haber optado por unas opciones políticas durante muchos años, desde sus primeros pasos.
En estas opciones políticas, era obvio el importante sello de Lenin.
Los bolcheviques eran los “duros” de la izquierda rusa desde su primera aparición en 1903. La batalla política en el congreso de la cual tomaron su nombre (por la palabra rusa que significa mayoría) versaba sobre quién se consideraría miembro del partido. ¿Los que lo apoyaban en general o los que participaban en el trabajo coordinado? Esta división presagiaba la diferencia entre partidos reformistas y partidos revolucionarios. Los primeros son partidos mirando hacia las elecciones, los últimos son partidos de la vanguardia obrera.
Los bolcheviques eran también los “duros” porque insistían, a nivel estratégico, en que la que iba a dirigir la próxima revolución en Rusia era la clase trabajadora y rechazaban cualquiera coalición con los burgueses.
Durante los años de la Primera Guerra Mundial habían mantenido una postura internacionalista clara -no eran patriotas (con o sin comillas)-. Y esta postura no era casualidad. Se basaba en un análisis profundo sobre el capitalismo en la época del imperialismo y de los deberes internacionalistas de los revolucionarios, que había formulado Lenin.
Como escribió Sukhanov, un historiador contemporáneo de la revolución, cuando ganó la revolución de febrero: “los mencheviques y los eseros fueron al palacio Táuride”, donde se estaba formando el primer gobierno provisional, “y los bolcheviques fueron a las fábricas”.
Pero esto no era suficiente. Los bolcheviques tuvieron que optar por nuevas opciones a nivel estratégico. El papel de Lenin fue decisivo en este camino. En la batalla que dio dentro del partido con las famosas “Tesis de abril” fue donde se concentró todo el debate. ¿Podía la clase trabajadora tomar el poder en una Rusia tan atrasada? Durante décadas los bolcheviques mismos habían insistido en que la revolución tendría que solucionar cuestiones “burguesas-democráticas” (reforma agraria, asamblea constituyente, jornada de ocho horas) aunque bajo la hegemonía de la clase obrera. Un ala entera de la dirección bolchevique seguía diciendo que esta “etapa” no se había superado todavía. Insistían en que el partido tenía que mantener el papel de la oposición de izquierdas en la nueva situación.
Lenin convenció al partido de que la clase obrera podía tomar el poder “por su cuenta y sólo por su cuenta”, como escribía aquellos meses en “Estado y Revolución”. Esta clase liberaría a todas las personas oprimidas, pararía la guerra y daría la tierra a los campesinos. Y la herramienta para hacer todo eso no era un gobierno provisional mejor, un poco más de izquierdas. La herramienta eran los soviets, los órganos de poder obrero que ya se estaban construyendo.
No era raro que estas opiniones fueran rechazadas tanto por enemigos como por amigos, por ser “medio-anarquistas” o “trotskistas”. Trotski había sido una voz solitaria durante muchos años cuando decía que la revolución en Rusia iba a ser “permanente” y que su horizonte sería la revolución socialista mundial. En 1917 Trotski se afilió al partido bolchevique. Y esa perspectiva internacionalista estaba en el centro del nuevo “asalto al cielo” que empezó en octubre de 1917.

Traducción de un texto de Leandros Bolaris para Solidaridad Obrera (Grecia)

miércoles, 15 de marzo de 2017

La “Marea Blanca” griega: Huelga y manifestación estatal en Atenas por la sanidad pública.



Hoy 15 de Marzo los trabajadores de hospitales se concentran a las 12 en plaza Mavili reivindicando contrataciones masivas y aumento de la financiación de la sanidad. POEDIN (el sindicato de trabajadores en hospitales) convoca huelga de 24 horas en los hospitales de todo el país, menos Atenas donde convoca huelga de 4 horas entre las 11 y las 3. El recorrido de la marcha pasará por el parlamento, los ministerios de Finanzas y de Trabajo y terminará en el ministerio de Sanidad. La ¨Coordinadora de hospitales” y la “Coordinación contra los Memorándums” hacen un llamamiento a todos los sindicatos a convocar huelgas similares. OENGE (la Federación de Médicos de hospitales) debatió la propuesta el 8 de marzo en su Consejo General.

El éxito de la huelga el 2 de marzo demostró que toda la comunidad hospitalaria está en lucha. El gobierno está presionado por las manifestaciones consecutivas, por las “Caravanas por la Sanidad” y las movilizaciones de los trabajadores de las subcontratas.
El último paso atrás del gobierno y del ministro de Sanidad después de la movilización del 2 de Marzo fue la propuesta de cambiar la fórmula con la que suman puntos los trabajadores de las subcontratas. Con el cambio se incluyen más trabajadores y trabajadoras y se elimina el criterio xenófobo de tener nacionalidad griega para participar en las oposiciones.

Los trabajadores de subcontratas siguen en su lucha hasta que el gobierno ceda, nadie pierda su trabajo y todos consigan trabajo permanente y estable. A esta lucha se suma la de todos los demás trabajadores por contrataciones y dinero público para la sanidad.
Las asambleas de los trabajadores de todos los hospitales, celebradas los días 7 y 8, decidieron apoyar la huelga.

****
¡TODOS JUNTOS!
El 15 de marzo puede y debe ser día de huelga de todos juntos con los trabajadores y trabajadoras de los hospitales. El sindicato de trabajadores no permanentes del ministerio de Cultura ya ha decidido su participación, mientras ADEDY ( Confederación de Funcionarios) se está orientando hacia la convocación de huelga en todo el sector público.
***

El precedente es la antes citada huelga en los hospitales del 2 de Marzo. Se unieron en una marcha común hacia plaza Syntagma las manifestaciones de los médicos y de los trabajadores en los fondos de pensiones, que se encontraron en la entrada del ministerio de trabajo con lxs trabajadorxs en subcontratas que habían empezado su marcha del ministerio de Sanidad.

En el ministerio de Trabajo se manifestaron también las limpiadoras del Politécnico (Universidad técnica) que continúan sus huelgas contra las bajadas de salarios por parte de la subcontrata ISS.

La movilización tuvo el apoyo de ADEDY  que había convocado unas horas de huelga para que pudieran participar en la manifestación trabajadores de otras partes del sector público, como por ejemplo el sindicato de profesores de secundaria en el oeste de Atenas. Por solidaridad participaron en la manifestación tambien trabajadores del metro y del tranvía, que están también en movilización contra la privatización del transporte.

Los médicos y los trabajadores en los fondos de pensiones destacaron que se está destrozando la seguridad social. Nikos Kuruklis, presidente de la Federación de Trabajadores en Organismos de Política Social dijo a “Solidaridad Obrera”: “El asunto del EFKA (Organismo Unitario de Seguridad Social) es crucial. Aunque nosotros estábamos contra este organismo, ahora se pone en evidencia que ni siquiera puede funcionar bien a nivel de organización. Se crean problemas que tienen impacto inmediato a los trabajadores y los jubilados. Esta huelga hoy es sólo un aviso, ya que vemos que la postura del ministro es negativa. No negocia ni lo más básico. Vamos a intensificar nuestra lucha tanto por el EFKA como por los temas, digamos, más sectoriales”.

Desde el ministerio de Sanidad empezaron su manifestación los trabajadores y trabajadoras con subcontratas en los hospitales que están en peligro de perder su trabajo por los criterios que impone la nueva ley 4430/2016 del gobierno Syriza/Anel. En la movilización participaron limpiadoras, camareras y personal de seguridad de los hospitales Evangelismos, San Savvas, Dromokaitio, Santa Olga, Attico, Eginitio y otros.

Jenny, limpiadora en Dromokaitio nos dijo: “Pedimos nuestros derechos, estamos aquí por nuestro trabajo después de diez o veinte años. Con esta ley nada se soluciona, no mejora el paro. Casi 8 mil personas tienen peligro de ser despedidas. Yo llevo trabajando 10 años en Dromokaitio. Estamos indignadas y sentimos dolor porque nos habíamos creído que este gobierno haría algo mejor”: Niki, limpiadora del mismo hospital añadió: “Estamos en la lucha porque nos están echando fuera después de 20 años trabajando. Si nos echan, no conseguiremos encontrar trabajo. Aquí estaremos hasta la victoria.”

Maria, limpiadora de Eginitio nos dijo: “Con las leyes que están votando quieren echarnos a todas de los hospitales. Somos mujeres mayores ya y no tenemos ninguna esperanza de encontrar otro tipo de trabajo. Llevamos años y años en los hospitales. Pero en vez de pensar estas cosas, el gobierno quiere que nos vayamos nosotras y que se recicle el desempleo. Pero así no se lucha contra el paro. Quieren personal barato, sin derechos”.
Algunos dirigentes de la burocracia sindical han intentado enfrentar a las limpiadoras de Sanidad con las de Finanzas.

Las militantes de la “Coordinadora de hospitales” gritaban el eslogan: “Los guantes rojos ganaron una vez. Ahora todos a ganar y no perder el trabajo”. Irini, trabajadora en Evangelismos nos comentó: “Las subcontratas están haciendo todo tipo de trucos. Pero el problema es también la Federación que se supone que organiza la lucha. Pero no pide ni convertir a estos trabajadores a permanentes, ni habla de trabajo estable, y ahora tienen la cara de hablar contra las limpiadoras del ministerio de Finanzas. Los de arriba no miran si eres del ministerio o de los hospitales, si eres extranjero o griego, lo que quieren es despedir.”

La marcha terminó en la Mansión Maximu (equivalente de la Moncloa) donde el gobierno había mandado una vez más decenas de antidisturbios con sus autobuses. Los médicos continuaron la marcha hasta el ministerio de Sanidad donde tuvieron una reunión con el ministro con resultados muy negativos: hay un proyecto para cambiar los horarios, suprimiendo las guardias, y para cambiar la ley de especialidades, cambios para favorecer a las multinacionales farmacéuticas y fusiones de hospitales sin nuevas contrataciones.

Los compañeros de "Nysteri" (significa bisturí, es iniciativa anticapitalista en la  sanidad) y de SEK (partido hermano del Colectivo Acción Anticapitalista en Grecia) coordinaron a toda la izquierda consiguiendo la imagen, poco frecuente, de militantes de los diferentes partidos de la izquierda sosteniendo los palos de la misma pancarta de la Federación de Trabajadores de Hospitales.

Información de Nektarios Dargakis.

martes, 14 de marzo de 2017

Yo, Daniel Blake y Figuras Ocultas: de la soledad a las luchas colectivas





La última película del director británico Ken Loach (Yo, Daniel Blake, la número 31 de este realizador experto en cine social) llegó a nuestras carteleras en octubre de 2016. Ahora podemos verla en el ancho y liberado espacio de Internet.
Daniel Blake (interpretado por el gran actor Dave Johns) es un carpintero que vive en el noroeste de Inglaterra y que cae enfermo, debiendo enfrentarse a los obstáculos burocráticos de un sistema de servicios sociales más preocupado en ahorrar costes, para que unos pocos aumenten sus beneficios, que en atender a la gente trabajadora. Mientras intenta superar las trabas de este sistema neoliberal, que trata a las personas como si fueran cosas, Daniel conoce a Katie (Hayley Squires), una madre soltera que se ve obligada a mudarse a más de 500 km de su lugar de origen, Londres, para encontrar una vivienda social y escapar de un albergue de personas sin hogar. Utilizando esta historia de personajes solitarios, traicionados y abandonados por el sistema, Ken Loach denuncia las privatizaciones de servicios públicos y los recortes sociales y, al mismo tiempo, nos muestra la capacidad del ser humano de luchar contra las injusticias y por su dignidad; especialmente cuando encuentra el apoyo de otras personas. Además, esta película nos enseña, en apenas 100 minutos, como los recortes en servicios sociales hacen que sean las mujeres las que cargan, fundamentalmente, con los trabajos de cuidados de la infancia, personas mayores y enfermas. Más allá del apoyo mutuo que se ofrecen ambos personajes protagonistas y que aporta algo de optimismo, la película, ganadora de la Palma de Oro del Festival de Cannes, ofrece una visión realista, si acaso algo pesimista, sobre la realidad de una Unión Europea que trata a la gente trabajadora como mercancías. Personajes solitarios, que al menos llegan a apoyarse unos a otros, que luchan con todas sus fuerzas por salir a flote en medio de un mar de injusticias sociales convertidas en normas legales y laberintos burocráticos sin sentimientos.
Un enfoque parecido encontramos en una película americana, basada en hechos reales, que está ahora en cartelera, Figuras Ocultas (Hidden Figures). Película que nos muestra una historia reciente oculta y que está nominada a Mejor Película en los Óscars de este año. Sus protagonistas, todas mujeres afroamericanas, luchan contra la segregación racial y para impulsar sus carreras profesionales en la NASA, donde trabajan como calculadoras humanas a comienzos de los años sesenta. La película denuncia claramente el racismo imperante entonces en Estados Unidos contra el que las protagonistas, tres brillantes científicas, luchan con todas sus fuerzas y de forma individual aunque, eso sí, apoyándose entre ellas. La película intenta vendernos que el sueño americano es posible… Aunque sus hijos tuvieran hoy día, por ejemplo, muchas más posibilidades de acabar en la cárcel o asesinados por policías racistas que hijos de familias blancas.
Aún queda mucho por avanzar en las luchas contra el neoliberalismo, los recortes sociales, contra el racismo… En definitiva, contra el capitalismo, su naturaleza asesina, y sus trampas y divisiones para la gente trabajadora. Y más hoy día con el impulso retrógrado y reaccionario de Trump en la casa Blanca. Eso lo saben muy bien, por ejemplo, las activistas de Black Lives Matter en Estados Unidos, quienes luchan ahora contra el racismo policial como luchaban entonces millones de personas en el movimiento por los derechos civiles de los afroamericanos que acabó con la segregación racial. Una lucha colectiva que aparece en Figuras Ocultas, pero que las protagonistas miran de reojo, como si no fuera con ellas, mientras luchan individualmente con el mismo objetivo de fondo: acabar con el racismo. De igual modo, el y la protagonista de Yo, Daniel Blake, luchan individualmente sin buscar unir sus luchas a la de colectivos sociales, como podrían ser sindicatos o grupos feministas.
Las luchas sociales colectivas sí son protagonistas en otras muchas películas. Por ejemplo, La Cuadrilla (The Navigators; 2001) de Ken Loach. Afortunadamente para los amantes del séptimo arte, tenemos cine para casi todo, y mucha filmografía que nos enseña que luchando de forma colectiva llegamos más lejos, también a nivel personal, al tiempo que construimos los mundos del futuro.
Jesús M. Castillo