domingo, 25 de marzo de 2018

Reformismo y Revolución: un debate más vigente que nunca


Cada día es más evidente que el capitalismo no funciona para responder a las necesidades de la mayoría de la población y su entorno. Los ejemplos de  esta ineficiencia capitalista son innumerables a escala planetaria, desde la crisis alimentaria que condena a millones de personas ala subnutrición y a la obesidad, a la crisis sanitaria con las farmacéuticas a la cabeza invirtiendo solo allí donde les es más rentable, pasando por la crisis de empleo y precariedad laboral, las crisis económicas recurrentes, las guerras por intereses geoestratégicos y comerciales y la crisis ecológica global con el cambio climático en primera línea.

Sin embargo, a pesar de que se comprueba, a consta de enromes sufrimientos y pérdidas, una y otra vez, que el capitalismo no funciona, en los últimos años hemos visto el resurgir de un “nuevo” reformismo de izquierdas (con base electoral progresista) a nivel internacional, desde Obama a Podemos, pasando por Jeremy Corbin en el Laborismo británico y Syriza en Grecia. Un reformismo que no existiría, no se entendería y que ha capitalizado políticamente movimientos de lucha social como el 15M, las protesta estudiantiles en Reino Unido, o la ola de huelgas en Grecia. Luchas sociales con múltiples causas pero que comparten el haber surgido, de una manera u otra, frente a la crisis económica que comenzó en 2007-8. Este nuevo reformismo es muy diverso en su configuración, articulándose en la aparición de nuevos partidos (ej. Podemos en el Estado español), el crecimiento de partidos menores (ej. Bloco de Esquerra en Portugal, y Syriza en Grecia) o la aparición de nuevos líderes en partidos tradicionales (ej. Obama en Estados Unidos, Corbin en Reino Unido e, incluso, Pedro Sánchez con su oposición a Susana Díaz en el PsoE).

El nuevo reformismo comparte muchas características (incluyendo su propia naturaleza) con el reformismo clásico (la socialdemocracia tradicional) pero, debido al estado tan maduro del capitalismo, las contradicciones y los límites del nuevo reformismo se evidencian más rápidamente que en los periodos de boom del capitalismo. En un capitalismo en crisis de civilización, el reformismo clásico y el nuevo no tienen una estrategia coherente para responder a las necesidades de las clases populares y enfrentar con solidez y garantías, por ejemplo, los recortes sociales para aumentar los beneficios de las clases dirigentes. A pesar de los fracasos clamorosos del nuevo reformismo, cuyo mayor exponente es el gobierno de Syriza y sus recortes sociales draconianos, mucha gente piensa aún que la sociedad puede ser transformada sin necesidad de llevar a cabo una revolución profunda que transforme las bases materiales de nuestras sociedades. Quienes piensan esto, desde posiciones de izquierda, abogan porque formaciones políticas progresistas conquisten el apoyo popular para controlar las instituciones políticas, como los parlamentos y el Estado (la administración, la justicia, la policía, las fuerzas armadas…). Sin embargo, todas las tentativas de introducir el medidas sociales profundas y revolucionarias desde los parlamento han fracasado más o menos estrepitosamente. Recordemos, por ejemplo, el golpe de Estado frente al gobierno de Salvador Allende en Chile en 1973. El reformismo en periodos no revolucionarios frena luchas sociales, en periodos revolucionarios conduce a la tragedia social. Podría decirse que el reformismo intenta el “socialismo desde arriba” mientras que las posiciones revolucionarias consecuentes luchan por el “socialismo desde abajo”. Por eso el estalinismo es reformista, más allá de retóricas más o menos encendidas.

El debate sobre reforma o revolución viene de lejos. Por ejemplo, la revolucionaria Rosa Luxemburg se enfrentó a la dirección del Partido Socialista Alemán (SPD) a finales del siglo XIX, con Eduard Bernstein y su libro ‘Los problemas del socialismo’ a la cabeza, por la necesidad de una orientación revolucionaria para superar el capitalismo. La historia le da dado la razón a Luxemburg y su folleto ‘Reforma o Revolución’ y a otras muchas revolucionarias, mostrando que hay, al menos, tres razones por las cuales el reformismo está condenado a fracasar:

1.- Mientras las mayorías progresistas en los parlamentos van gradualmente introduciendo medidas socialistas, el poder económico continúa en manos de las clases dominante que siguen manteniendo gran parte del poder real con el que atacar a gobiernos progresistas. Por ejemplo, el gobierno de Allende en Chile enfrentó varios boicots por parte de los grandes empresarios, como le ocurre actualmente al gobierno reformista de Nicolás Maduro en Venezuela.

2.- La segunda razón por la cual el capitalismo no puede ser reformado se debe al hecho de que la maquinaria estatal (la policía, el ejército, el poder judicial, los servicios públicos, las empresas públicas) no es “neutra”. Fue construida por los capitalistas de arriba hacia abajo, para preservar la sociedad capitalista. La cuestión no es “¿Quién manda en el ejército?” sino “¿Quiénes son esos generales?”. La repuesta: individuos vinculados con quienes manejan los grandes negocios, pertenecen a los mismos clubes, ejercen las mismas funciones sociales, comparten las mismas ideas. Un gobierno realmente progresista tendrá que enfrentar, en minoría si no hubiera grandes luchas en las calles y centros de trabajo, esta maquinaria estatal que impulsaría el boicot a sus medidas, cuando no, directamente, la destrucción del gobierno.

3.- Por otro lado, la democracia parlamentaria mantiene mecanismos que impiden que cualquier movimiento revolucionario pueda tomar forma a través de ella. Las dinámicas parlamentarias burguesas rebajan y ralentizan las exigencias de las luchas sociales, haciendo que si finalmente se aprueben sean reformas de menor entidad que las exigidas desde las calles. Además, y más importante, una reforma conseguida en los parlamentos no conlleva, o en el mejor de los casos rebaja, la lucha desde abajo. Un proceso esencial para superar el capitalismo en el que se dan la autoorganización de la gente trabajadora y clases populares, así como el avance social a nivel psicológico e intelectual de quienes luchan. En Francia hace 50 años, el gobierno conservador del General de Gaulle usó las elecciones en este sentido, para debilitar las luchas sociales. Los partidos reformistas y los sindicatos plantearon a las y los trabajadores que pusieran fin a sus huelgas, cundió el desánimo, y De Gaulle venció en las elecciones.

Como dijo Marx, “las ideas dominantes son las ideas de la clase dominante”, pero a pesar de esto, repetidas veces en la historia del capitalismo han surgido movimientos revolucionarios: Francia en 1871, Rusia en 1917, Alemania y Hungría en 1919, Italia en 1920, España y Francia en 1936, Hungría en 1956, Francia en 1968, Chile en 1972-73, Portugal en 1975, Irán en 1979, Polonia en 1980, Egipto en 2011... La explicación para estos levantamientos reside exactamente en la propia naturaleza del capitalismo, un sistema que tiende a las crisis y a atacar de manera conjunta a los y las trabajadoras. Esto favorece que las personas que integran la clase trabajadora se vean reconocidas unas en otras, se establezca solidaridad y se unan para luchar colectivamente, avanzando a nivel social en autoorganización e ideológicamente. El capitalismo les impulsa a luchar aunque tengan muchas ideas favorables al capitalismo. El propio capitalismo crea las condiciones para un conflicto de clase que abre la mente de los trabajadores a ideas totalmente opuestas a aquellas que ese mismo sistema les enseñó. Y cuando las luchas meramente económicas (salario, jornada laboral, empleo, etc.) incorporan reivindicaciones políticas (dimisión del gobierno, derogación de una ley, puesta en duda del derecho a la propiedad privada, socialización de los medios de producción, gestión cooperativa, etc.) se abre la puerta a la lucha revolucionaria. En entonces, cuando el reformismo intenta desviar las luchas sociales colectivas hacia la acción parlamentaria e institucional de unos pocos.

En el contexto actual de aparición de un nuevo reformismo cargado de contradicciones, unido a las fuertes desilusiones que conlleva, la existencia de organizaciones revolucionarias que expongan y practiquen claramente la vía revolucionaria es clave. Mantener vivas las ideas y la tradición de lucha revolucionaria es esencial porque serán muy útiles de nuevo, en los venideros estallidos sociales. Una práctica revolucionaria sin sectarismos hacia el reformismo, con el que debe luchar codo con codo, pero con las ideas claras para no caer en sus cantos de sirena. Una práctica revolucionaria unida a las luchas sociales, que conecte temas locales con temas globales, radicalizándolas. Una práctica revolucionaria con los pies en el suelo que es la mejor luchadora por las reformas porque sabe cómo impulsar las luchas, no se conforma con las migajas y apuesta por procesos revolucionarios que traen muchas y profundas reformas.



Texto extraído de http://lareplica.es/reformismo-revolucion-debate-mas-vigente-nunca/

Jesús M. Castillo, militante de Colectivo Acción Anticapitalista.

jueves, 22 de marzo de 2018

8M- 2018



Seguramente no conoces de nada mi nombre. Soy una de tantas mujeres. Y hoy, más que nunca, lo digo con orgullo. Una de tantas que organizamos y secundamos la huelga y nos manifestamos en todo el mundo el pasado 8 de marzo. Eso sí, en primera línea. Ese día todas nosotras estuvimos en primera línea.

Sí, soy una de tantas mujeres. Y esa es mi grandeza. Ni más ni menos. Así es como se sienten hoy muchas mujeres en el Estado español, donde arrastramos a las calles a cerca de 6 millones de personas. La justicia y universalidad de nuestras reivindicaciones, las luchas laborales lideradas por mujeres en los últimos tiempos y sus victorias, y nuestra fuerza y tesón organizando la huelga a través de asambleas semanales en muchos lugares del Estado han hecho que este año el Día de la Mujer Trabajadora se haya convertido en un hecho histórico, desbordando al Gobierno y partidos políticos afines y, muy importante, a las burocracias sindicales. El PP pasó de las declaraciones de Rajoy algo más de un mes antes del 8M en las que decía que la brecha salarial entre hombres y mujeres era un tema en el que no había que meterse, a verse obligado a rectificar, para después calificar la huelga de insolidaria, elitista, y a la búsqueda de enfrentamiento entre hombres y mujeres, argumentando que no comparten las críticas al Pacto de Estado contra la Violencia de Género ni al capitalismo, que “pretenden romper nuestro modelo de sociedad occidental”. Por su parte, Ciudadanos, a través de Inés Arrimadas, su candidata al Parlament catalán en las recientes elecciones, afirmó no apoyar la huelga porque no se trataba de una convocatoria feminista sino anticapitalista. Unos y otros, cuando vieron el clamor popular y que el éxito de la huelga era imparable, se colocaron el lazo feminista en las solapas y acudieron a algunos de los actos del 8M. Pues bien, el anticapitalismo ha ganado esta batalla. Y se la ha ganado también a las burocracias sindicales. Cuántas veces nos hemos planteado, desde la izquierda radical y los movimientos sociales, cuál sería la mejor manera de convocar una huelga general por cuenta propia, sin tener que depender de que los sindicatos mayoritarios -UGT y CCOO- tomaran la iniciativa. Otras veces no nos hemos visto capaces, o lo hemos hecho tímidamente, y en general el camino pasaba por tratar de forzar a UGT y CCOO a través de la movilización. Esta vez ha sido distinto. Las mujeres no hemos esperado, hemos dado un paso adelante con valentía y sin complejos. Y hemos contado con el apoyo de sindicatos minoritarios como CGT. Sin duda, el impulso y respaldo internacional han sido clave para ello. Partiendo de ahí, el hecho de que en el Estado español el seguimiento haya sido uno de los mayores, un gran éxito, se ha debido a varios factores. Por una parte, a que ya habíamos logrado colocar el debate feminista encima de la mesa hace tiempo, cuando las movilizaciones contra el proyecto de ley contra el aborto mandaron a su casa a Ruiz Gallardón, entonces Ministro de Justicia; y el debate se plasmaba a través de múltiples frentes como el de la brecha salarial entre hombres y mujeres, las escandalosas cifras de asesinatos por violencia de género (con concentraciones continuas por todo el Estado cada vez que se producía uno de ellos), agresiones machistas como los mediáticos casos de la violación múltiple a una mujer en los San Fermines de Pamplona o la violación y asesinato de Diana Quer. Esto había creado una conciencia, rabia y tejido de movilización feminista. Por otro lado, la estela de movilizaciones desde el 15M de 2012, cuando las calles se inundaron de Indignados, ha mostrado el camino y hecho madurar al movimiento. Y entre ellas, han sido numerosas las luchas laborales en las que las mujeres han tenido un papel protagonista en los últimos años, como numerosas han sido sus victorias: las “Kellys”, las “espartanas” de Coca-Cola en lucha, las trabajadoras de Inditex en Pontevedra, las de las residencias de dependientes en Bizkaia, las profesoras interinas de Madrid, … nos han demostrado una vez más que sí se puede, y que el camino es la lucha. Porque la lucha feminista no es una lucha independiente y desligada de otras que abren brecha en el sistema capitalista. Fue la huelga de las trabajadoras de la fábrica de Cotton de Nueva York en 1908 la que inspiró este día, y la que dio alas a otras mujeres a declararse en huelga, como las 20.000 camiseras que se levantaron en esa misma ciudad meses después. Y este año, con el éxito de la convocatoria de huelga, hemos recuperado ese espíritu, el de todas ellas, el de Clara Zetkin, propulsora de este día. Y, como entonces, nuestra huelga ha inspirado y dado fuerza a otras movilizaciones, después de que el Gobierno pretendiera haber acallado al movimiento y tener un supuesto control de la situación tras el vapuleo sufrido por la lucha por la independencia de Cataluña, que aún tiene mucho que decir. La mecha estaba colocada, y la llama morada ha vuelto a prenderla. Las profesoras y profesores interinas en Andalucía, cuya contienda es un ejemplo de lucha, se sienten sin duda más fuertes en la huelga que están secundando en estos días, con movilizaciones en diversas ciudades. Por su parte, los pensionistas llevan muchos meses organizándose para exigir unas pensiones dignas, y en el último mes han convocado diversas manifestaciones con un seguimiento espectacular, la última el pasado sábado. CCOO y UGT se han subido al carro recientemente al ver el éxito de estas convocatorias. Las tornas están cambiando. No han transcurrido ni dos semanas desde este histórico 8 de marzo, lo que aún nos hace difícil tomar perspectiva, pero sin duda hay un antes y un después. Los corazones y los puños están teñidos de morado y las calles de nuevo inundadas de personas que tienen la certeza de que la lucha sirve, mientras el Gobierno sufre otra sacudida y las burocracias sindicales no salen de su estado de shock.

Artículo escrito por Marta Castillo, militante de Colectivo Acción Anticapitalista, para la publicación de la organización suiza Solidarités.


domingo, 18 de marzo de 2018

8 DE MARZO, FEMINISMO ANTICAPITALISTA.



La historia del movimiento feminista se ha caracterizado por diferentes olas. Desde las primeras feministas de la ilustración que surgieron de la Revolución Francesa, pasando por la Segunda Ola del movimiento sufragista hasta la Tercera Ola, la radical de la segunda mitad del siglo XX, cuando hasta lo personal era político. Ahora ha llegado una Cuarta Ola feminista que viene para quedarse. Ya no reclamamos derechos concretos, como el derecho al voto, acceso al trabajo, la libertad sexual, derechos reproductivos o a la interrupción voluntaria del embarazo, que también. La nueva ola feminista se lo cuestiona todo, desde la desigualdad salarial hasta el derecho a volver solas por la noche a casa sin ser acosadas, ni pasar miedo; desde la precariedad laboral a la invisibilización de la mujer; desde los micro-machismos hasta los trabajos de cuidados no reconocidos ni remunerados en el ámbito de la familia tradicional opresora, pasando por tener que explicar que cuando las mujeres dicen “no es no”.
            El pasado 8 de marzo de 2018, el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, varios millones de mujeres, apoyadas con muchos hombres feministas, salimos a las calles y plazas de todo el Estado español. Desbordamos todas las previsiones y como colofón a una huelga general laboral de 24 horas, de cuidados, de consumo y estudiantil, convocada bajo el lema “Si nosotras paramos se para el Mundo”.
            Como cualquier ola, la nueva ola feminista lleva tiempo formándose. Sin el 15M del 2011 lo que ha sucedido este 8 de marzo del 2018 no se podría explicar. El Movimiento de las Indignadas fue la escuela donde parte de las activistas feministas de ahora empezaron. El auge de Podemos y su apuesta por el parlamentarismo lastró definitivamente el Movimiento del 15M, la mayor brecha junto con el 1-O catalán en el Régimen del 78. Estamos en una nueva ola feminista formada, en gran parte, por mujeres jóvenes, fuertes y combativas. Posiblemente aún no hayan leído ni a Simone Beauvoir, ni a Silvia Federici, ni a Ángela Davis, ni a Virgine Despentes e incluso desconozcan las diversas teorías políticas feministas. Sin teoría también puede luchas sociales, y aprender leyendo, debatiendo y luchando al mismo tiempo. Lo estamos viendo, con la práctica se está aprendiendo la teoría y una vez más, como pasó durante el 15M, el movimiento popular ha sobrepasado y sorprendido a gobernantes y a los partidos políticos del Régimen, que han llegado a acusar a las organizadoras de “luchar contra el capitalismo” o de “ser comunistas”, y que, cuando la ola los ha golpeado de lleno, han intentado subirse a ella. Pero para papelón oportunista, el representado por las burocracias de las centrales sindicales mayoritarias burocráticas (CC.OO. y UGT), desinformando, desmoralizando y boicoteando la huelga general feminista de 24 horas del 8 de marzo con paros insuficientes de 2 horas por turno.
            La ola feminista que inundó las calles y plazas no ha sido cuestión del azar. ni de la improvisación. Enraizada en parte, como hemos dicho, en el Movimiento 15M, ha bebido del movimiento “Ni Una Menos” de Latinoamérica y el Me too” de Estados Unidos, y pensado tras la Marcha Estatal Contra las Violencias Machistas del 7 de noviembre de 2015. Se ha organizado desde abajo y horizontalmente en asambleas feministas unitarias desde el 8 de marzo de de 2016, e incluso desde antes. Este trabajo decidido y constante, y sin restarle espontaneidad a la movilización, ha dado sus frutos.
            No le faltan razones objetivas a la movilización feminista: 739 mujeres asesinas desde el 2007 al 2017, 9 durante lo que va del 2018 (2 de ellas en Andalucía); cada 8 horas se produce una violación en el Estado español; las mujeres españolas cobran un 13% menos en los mismos puestos que los hombres pese a una supuesta igualdad salarial. La brecha salarial se acentúa a la hora de la jubilación: las mujeres cobran un 34% menos de pensión. El 28% de las mujeres andaluzas están en paro, las andaluzas trabajan 87 días gratis (la media estatal es de 54 días), y el 41% de estas mujeres están en riesgo de pobreza, etc. Razones suficientes para convocar una huelga general feminista de 24 horas.
            Por primera vez en el Estado español se ha realizado no sólo una huelga general feminista de 24 horas con un alto seguimiento en sectores laborales altamente feminizados (educación, telemárketing, prensa o sanidad), sino también ha sido una huelga de consumo, de cuidados y estudiantil. Y las huelgas se hacen contra nuestro modelo de sistema económico y nuestro sistema es el capitalista. Cierta crítica que se le hace al movimiento feminista es que omite la opresión que sufren las mujeres también como clase. Además, la huelga no sólo ha intentado parar la producción en los centros de trabajo, sino también parar la reproducción y el cuidado de la fuerza de trabajo en los hogares donde las mujeres cargan con ellos, unos trabajo no remunerados e invisibilizados asignados por el capitalismo a las mujeres y sin el cual no se podría mantener ni reproducir el capitalismo.
            Y es que la mitad de la población, las mujeres, no sólo sufre la opresión de género, a través del machismo, sino que también sufren la explotación de clase por el capitalismo, de la misma manera que hay mujeres (y hombres) que sufren la opresión de raza y de orientación sexual. De aquí la importancia de la lucha anticapitalista dentro del movimiento feminista. El capitalismo sin las ideas machistas no se podría mantener en pié. De la misma manera que el feminismo no puede ser de derechas, pues no es sólo un movimiento social o una ética sino que también es un movimiento político y cuando se realizan políticas de derechas que favorecen la precariedad laboral, la explotación y el recorte de servicios públicos que se ceban en especial con las mujeres. las mismas políticas de austeridad y de recortes en educación, sanidad o dependencia dejan los trabajos de cuidados que deberían realizarse de forma colectiva en los servicios públicos a las mujeres. El capitalismo (ahora en su fase neoliberal) castiga a las mujeres y favorece la desigualdad de género. Es por todo ello que no puede existir un feminismo coherente que no sea anticapitalista y transversal. Para luchar contra todas las opresiones que sufren las mujeres, el movimiento feminista debe de asumir la lucha anticapitalista. Lo vemos a diario, desde las Kellys, las empleadas de hogar, las trabajadoras de telemárketing, las cajeras de las grandes superficies comerciales o las empleadas en hostelería y restauración son claros ejemplos de la explotación del capitalismo sobre las mujeres de clase trabajadora. Cientos de miles de mujeres no se pudieron sumar a la huelga general de 24 h del 8 de marzo debido a la precariedad laboral, al acoso y la coacción empresarial. El movimiento feminista no puede olvidarlas. De ahí surge la necesidad de unificar las luchas: contra el machismo y el capitalismo.
           
David Roble y Caterina Iannini, activistas del Colectivo Acción Anticapitalista

sábado, 10 de marzo de 2018

Frente a la privatización de las pensiones, la lucha en las calles.



El sistema público de pensiones se encuentra sometido a un ataque brutal por parte de los poderes económicos, que tratan por todos los medios de apoderarse de su capital, como un recurso especulativo más. Los gobiernos consecutivos en las últimas décadas del PSOE y del PP están al servicio de estos poderes económicos (los capitalistas) con sus reformas legislativas y sus recomendaciones de realizar planes de pensiones privados. Ya en los años ochenta del siglo pasado todos los servicios de estudios de las entidades financieras y similares, apoyados y jaleados por los organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y la Unión Europea (UE), y con la connivencia de los gobiernos estatales, comenzaron a emitir informes acerca de la inviabilidad del sistema público de pensiones.

Estos informes pretendían abonar el terreno para realizar reformas en contra de las pensiones públicas y hacer propaganda sobre los planes privados de pensiones. La argumentación de todos estos informes es similar: el incremento de la esperanza de vida y la baja tasa de natalidad dibujan una pirámide de población que hará inviable  el futuro del sistema público de pensiones. Es una ironía contemplar a la "Europa Fortaleza" preocupándose por la reducida tasa de natalidad y el envejecimiento de la población al tiempo que condena a miles de personas, que quieren entrar en Europa buscando una vida mejor, a morir ahogadas en el Mediterráneo. Si el problema radicara solo en estas variables, la solución sería bastante sencilla, se trataría simplemente de abrir las fronteras a los trabajadores inmigrantes. En el Estado español también se realizaron estudios de expertos sobre el tema de la viabilidad de los planes de pensiones. Uno de ellos fue el que la Fundación BBVA en  que  contrató a treinta y cuatro "sabios" para que estudiasen el tema. Trabajaron durante veinte meses para llegar a la conclusión  de la imposibilidad de mantener el sistema público si no se reformaba y, ¡oh sorpresa! recomendaban la  realización de  planes de pensiones privados (el zorro cuidando a las gallinas).

En este escenario, se produjeron las dos últimas reformas protagonizadas por dos partidos al servicio de las elites financieras,  PSOE  y  PP. Puntos destacados de la reforma del PSOE de 2011 fueron el aumento del período de cotización para cobrar la pensión máxima (de 35 a 38 años y medio), la ampliación del periodo de cómputo para el cálculo de la pensión (de 15 a 25 años), y el aumento de la edad de la jubilación (de 65 a 67 años de forma paulatina  desde 2013 a 2027).                                                  

La  última reforma del PP en 2014 dispuso que el aumento anual de las pensiones no se hará  en función del índice de Precios al Consumo (IPC), como hasta ahora, sino  por lo que llama el índice de revalorización (IR), en el que se concreta un 0.25% como mínimo, y como máximo el IPC más un 0.5%. Hasta ahora, las subidas de las pensiones están siendo del 0.25%, perdiéndose claramente poder adquisitivo; este es, a día de hoy, uno de los de los puntos  más reivindicados en las movilizaciones que actualmente se están llevando a cabo. Otra modificación importante fue el cálculo de la primera pensión a percibir en función de la esperanza de vida, o “factor de sostenibilidad”, que comenzará a aplicarse en 2019. Se calcula la cuantía de la pensión de una sola vez y en función de cuál sea la esperanza de vida en ese momento. A mayor esperanza de vida, menor cuantía de pensión. Esta reforma está causando un empobrecimiento de un mínimo del 12% del poder adquisitivo y, en los peores casos, de hasta un 28%, en una realidad ya de por sí alarmante, dado que el 52% de la población jubilada ya no llega al salario mínimo interprofesional y 2,3 millones personas tan sólo perciben una pensión asistencial de 330 euros al mes.

El gobierno del PP además de esto se salta a la torera el Pacto de Toledo y saquea y expolia  el Fondo de Reserva de la Seguridad Social, la llamada "hucha de las pensiones", que ha pasado de 66.815 millones de euros en 2011 a 25.716 millones en 2016, hasta dejarlo sin fondos en la actualidad. Esto ha revertido  en un préstamo adicional de 10.192 millones de euros para hacer frente a la paga extra de diciembre de 2017.

En el plan  de estos gobiernos de  PP y PSOE,  además de estas reformas legislativas que merman derechos sociales y económicos de los pensionistas, está la de incentivar planes privados de pensiones con  medidas que dan respuesta a las pretensiones de la Patronal de las Instituciones de Inversión Colectiva (Inverco). Entre estas medidas de los buitres capitalistas están el reducir las comisiones y cargos de gestión de estos planes de pensiones y beneficios fiscales por suscribirlos. Son unos 2.000 millones de euros lo que le cuesta al Estado las subvenciones a los planes de pensiones privados. Planes privados de pensiones que son muy poco rentables y en los que pueden perderse todos los ahorros, como le ocurrió a mucha gente cuando llegó la crisis económica de 2008.

Otra estrategia que utilizan con este mismo propósito es la manipulación del lenguaje, hablar de 'impuesto' a las cotizaciones sociales, mientras las aportaciones a planes de pensiones privados son calificadas de 'ahorro', hablar  de “plan de pensiones del sistema individual”, en vez de privado. Es decir, la misma jerga que utilizan en sanidad diciendo externalización en vez de privatización. También se valen del  miedo haciendo creer que estamos en una encrucijada dramática, en un laberinto de difícil salida, repitiendo el argumento de que el creciente envejecimiento de la población y la baja tasa de natalidad hacen inviable el futuro el sistema público de pensiones.

De lo que se trata es de desposeernos de un ahorro colectivo y público, que no está al servicio del capital, para potenciar un ahorro privado que permita al capital financiero ir invirtiendo en los mercados y generar un beneficio privado. Hay estudios que  calculan que la reforma de las pensiones supondría una trasferencia de más de 200.000 millones a fondos privados de pensiones.

El mantenimiento de las pensiones públicas no es  una cuestión demográfica, es una cuestión política, no es una cuestión de insuficiencia de medios, sino de  distribución de la renta. Hablan de que el sistema público de pensiones se perfila como insostenible. Pero sabemos que el principal problema de las pensiones públicas es que la fuente  de financiación, esto es  las cotizaciones a la Seguridad Social, está  bajo mínimos  como consecuencia de las reformas laborales realizadas por PSOE y PP que están propiciando que salgamos de la crisis con una tasa altísima de paro, con trabajos precarios, bajos salarios y, consecuentemente, bajas cotizaciones. Luchar por la derogación de las reformas laborales es clave para el sostenimiento de las pensiones públicas. 

El artículo 50 de la Constitución española afirma: "Los poderes públicos garantizarán, mediante pensiones adecuadas y periódicamente actualizadas, la suficiencia económica a los ciudadanos durante la tercera edad", pero los capitalistas y sus partidos solo piden que se cumpla su Constitución cuando les interesa. Una de las reivindicaciones de las Plataformas en defensa de las pensiones públicas dice  que,  en caso de necesidad, se recurra a los Presupuestos Generales del Estado. Además, hace falta una mejora presupuestaria e impositiva para financiar las pensiones, aumentando los impuestos a las grandes fortunas y las grandes empresas y recuperando dinero del rescate bancario y de autopistas de peajes, así como de un presupuesto militar que sigue amentando.

Las  Plataformas son un movimiento de pensionistas creado desde abajo que se han constituido a nivel estatal en una Coordinadora  por la Defensa de las Pensiones Públicas  que está impulsando  movilizaciones  para conseguir  el mantenimiento y la mejora del sistema de pensiones públicas. En una de las últimas movilizaciones, el 22 de Febrero, convocada en todo el Estado español cientos de miles de  pensionistas  llenaron  las principales plazas de más de setenta ciudades. A la lucha por la pensiones públicas siguen sumándose diversos colectivos y sindicatos, así como personas no jubiladas, incluidos jóvenes.

Tienen que continuar las movilizaciones hasta echar al gobierno del PP, y sus recortes y mentiras, desde las calles. Se trata de un problema político y  nuestro papel es desenmascarar los intentos de justificar mediante planteamientos aparentemente técnicos las posturas ideológicas capitalistas. Impulsemos las movilizaciones y la lucha por unas pensiones públicas dignas y sin intervención de los buitres capitalista.

Lola Segura, activista de Colectivo Acción Anticapitalista.

miércoles, 28 de febrero de 2018

¿Cómo luchar contra el racismo en Andalucía?





En primer lugar, hay que comenzar comentando que el Congreso de los Diputados del Estado Español, en septiembre del año pasado, reconoció al fin, que durante siglos, ha perseguido a la etnia gitana, como durante La Gran Redada, el 30 de julio de 1749. Con esto se demuestra que el Estado español, como todos los estados en el capitalismo, se apoyan en el racismo para dividir a la gente trabajadora y buscar chivos expiatorios a quienes culpabilizar de las consecuencias que provoca el Estado (pobreza, desempleo, migraciones forzadas…).

El racismo institucional y de los partidos reformistas que ocupan esas instituciones se alimentan de los discursos racistas de grupos de ultraderecha, al mismo tiempo que abonan el terreno para que estos grupos crezcan. Un ejemplo es el discurso y las prácticas racistas del Partido Socialista y del partido conservador en Francia contra los gitanos rumanos. Desplegadas para ganarle terreno y frenar al Frente Nacional, solo le han dado alas al justificar su racismo desde el poder. En Estados Unidos, la victoria de Trump con su discurso racista y xenófobo la impulsado a los grupos de ultraderecha, ya sean grupos claramente nazis o, los más peligrosos, aquellos que van de demócratas siendo ultraderechistas, como la Alt Right.

En este contexto, en Europa vemos como la extrema derecha ha ido tomando fuerzas hasta que en varios países europeos han llegado con fuerza a los parlamentos (Ej. Alemania) e incluso al poder (Ej. Austria). Esto ha hecho que las políticas de fronteras y migratorias de la UE, se vuelvan aun más represivas hacia las personas migrantes. La UE ha llegado a un acuerdo para parar a los emigrantes en Turquía, basado en grandes campos de concentración e invertido grandes cantidades de dinero en ampliar la flota militar que vigila el Mar Mediterráneo.

Este racismo institucional se refleja, por ejemplo, en el Estado Español, en la Ley de Extranjería aprobado por PP y PsoE, en la política de fronteras de la Europa Fortaleza, en las redadas callejeras con identificaciones racistas de la policía nacional, en las “devoluciones en caliente” en Melilla y Ceuta o mediante vuelos a países terceros(condenadas por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos), en el discurso de los medios de comunicación público donde se habla de las personas migrantes como “ilegales” y se proyecta la idea falsa de que hay “avalanchas de inmigrantes”, etc.
Desde el sistema y sus instituciones que fomentan el racismo se nos dice siempre que no es necesario luchar contra el racismo desde las calles porque en el mal llamado “Mundo Libre”, la democracia ya está consolidada, y los jueces, los gobiernos y la policía se encargan de luchar contra el racismo, cuando realmente lo favorecen netamente.
Todo esto se desarma cuando la gente trabajadora sale a la calle para profundizar en sus derechos y libertades, como en el Procés catalán. Entonces, el capital y su Estado sacan a pasear a sus perros fascistas y su racismo. Las manifestaciones de grupos fascistas en los últimos meses en defensa de la “unidad de España” han venido de la mano de agresiones homófobas y racistas en las calles. La historia nos muestra que los capitalistas necesitan del fascismo, y su racismo, para machacar las luchas sociales y los procesos revolucionarios (Ej. Estado español en 1936, Chile en 1973…). Con el fascismo, los capitalistas se quitan la careta de demócratas para defender sus intereses con autoritarismo y violencia.

Actualmente no estamos en una situación revolucionaria, pero sí en una crisis de civilización que pone en duda al sistema capitalista en la mente de muchas personas, por ejemplo, respecto a la crisis ecológica global o la crisis de desempleo y precariedad laboral. En este contexto, la crisis económica ha hecho que la gente trabajadora se eche a la calle y el racismo (fomentado desde las instituciones y desde grupos fascistas) es una de las formas para hacer que no ataquen al sistema capitalista responsable de la crisis, sino que odien a otra gente trabajadora: divide y vencerás.

El racismo institucional y fascista, como el machismo, impregna el pensamiento de muchas personas en nuestras sociedades. Y el sembrar racismo recoge sus frutos, por ejemplo, en forma de palizas a migrantes en las calles o como explosiones, más o menos espontáneas, de ataques racistas colectivos, como el sufrido en El Ejido por personas subsaharianas en el año 2000, en Estepa en 2014 contra familias gitanas y, recientemente, en Pedrera por familias rumanas.

La ultraderecha no descansa en Sevilla, ni en otros sitios, en su esfuerzo por sembrar el racismo. Utilizando la islamofobia consiguieron frenar la construcción de una mezquita en Sevilla, primero en Los Bermejales y después en San Jerónimo. Sin llegar, por ahora, a ataques racistas físicos han desplegado campañas racistas en la Macarena contra comerciantes chinos y contra personas sin hogar, y actualmente desarrollan en Camas (pueblo del área metropolitana de Sevilla) una campaña contra familias rumanas (que ocuparon un edificio vacío tras la crisis económica) con la excusa de la seguridad ciudadana.

En Andalucía desde la crisis, al igual que en el resto del Estado Español, ha subido el número de grupos de extrema derecha y racistas. La crisis económica y las políticas estatales y autonómicas con los recortes en servicios sociales, hace que estos partidos e ideas salgan a la calle con facilidad, porque tienen el mensaje simple de que toda la culpa la tiene el diferente. Los ataques a LGTBI suben porcentualmente, junto con el machismo y el racismo. Se están atreviendo incluso a montar mesas informativas en las universidades y a hacer manifestaciones con todas sus banderas y signos, respondidas desde el antifascismo, que está poco organizado y sin fuerza real.

En la zona del Aljarafe, desde los tiempos del 15-M, se han localizado varios grupos de extrema derecha. Un ataque a un homosexual en Castilleja de la Cuesta marcó un antes y un después en la lucha antifascista y dejó claro que teníamos que organizarnos y se creó UCFR Andalucía, que por motivos diversos no terminó de arrancar, aunque consiguió parar al grupo que operaba en Mairena del Aljarafe. Más tarde en Camas, un grupo racista de vecinos, se organizó contra la población gitana rumana que había okupado un bloque de pisos propiedad de la Caixa, que estaba abandonado. Este grupo sigue en pie y hasta ha sido recibido por el ayuntamiento para hablar supuestamente de seguridad. Toda esta ola racista se culmina con incidentes racistas en varios pueblos más y siempre contra la población gitana rumana o española.

Pero frente a estos peligrosos ejemplos de racismo, sabemos cómo parar el racismo y el fascismo.

En general, cuando la clase trabajadora toma el protagonismo en la lucha, los discursos racistas que intentan dividirnos quedan arrinconados. Esto es lo que ocurrió, por ejemplo, cuando las manifestaciones y las huelgas tomaron las calles en Francia contra la última reforma laboral, arrinconando el discurso racista del Frente nacional que estaba dominando en los medios de comunicación.

Además, es importante que tengamos muy claro que la libertad de expresión para los racistas va contra las libertades de todos. Los racistas y fascistas no deben poder expresar sus ideas de odio. Así, por ejemplo, tenemos que echarlos de las manifestaciones donde aparezcan, como hemos hecho en Sevilla en las manifestaciones del 15-M y, más recientemente, en las de la Marea Blanca donde Vox intentó participar.
También es importante impulsar alternativas políticas progresistas que hagan que la gente trabajadora mire hacia la izquierda, y no a la ultraderecha, a la hora de buscar soluciones a sus problemas. Esto es lo que ha pasado con Podemos en el Estado español, frente a otros países europeos, como Alemania y Francia, donde partidos racistas han aumentado mucho tras la crisis económica.

Donde toda izquierda se une y organiza en un frente único contra el racismo y el fascismo, la extrema derecha y su racismo desaparecen o se reduce mucho. Por ejemplo, en Grecia se ha logrado parar a la extrema derecha (Amanecer Dorado) y incluso desenmascararla de cara a la población. Esto se ha hecho desde abajo, creando poder popular, lucha en la calle y unidad de toda la izquierda: partidos, ONGS, sindicatos... Igual que se hizo en Reino Unido desde los años 70 con la Liga Antinazi y ahora contra United Against Facism and racism y Music Against Racism contra el British National Party y la English defence League, que nunca han conseguido crecer significativamente.
Sin embargo, en Francia, cuando los fascistas eran pocos, la izquierda pensó que no eran un problema, que era mejor no hablar de ellos y denunciarlos públicamente para no darles propaganda, y poco a poco fueron creciendo hasta tener ahora más del 20% de los votos.

Denunciar públicamente a los grupos racistas no es hacerles propaganda, es mostrar a la gente lo que realmente son para que no les engañen y comprenda que el racismo no es la respuesta a sus problemas.

La experiencia  nos muestra que la respuesta al racismo es crear un frente amplio de toda la izquierda (desde la reformista a la revolucionaria). Tenemos que tener claro que toda la izquierda política es objetivo de la extrema derecha, y no podemos perder el tiempo en peleas internas y sectarismos.

Tenemos el mal ejemplo de la Alemania de los años 30, donde comunistas y socialdemócratas, se tiraron los trastos a la cabeza en vez de estar unidos contra Hitler, puesto que no entendieron que la unidad en la diversidad de la izquierda, de los MMSS  y de ciudadanos de a pie, es la única forma de terminar con la pesadilla que producen los grupos fascistas. Esto no quita que dentro de dicha plataforma, cada grupo político o social, mantenga su idiosincrasia y sus criterios internos.

En una plataforma antirracista como ésta solo debe debatirse y actuar para frenar el racismo, y no tratar otros temas que nos dividan.

Un espacio de frente único antirracista puede organizar charlas públicas, campañas de concienciación, información durante elecciones, actividades culturales contra el racismo, denunciar públicamente a los racistas y movilizarse masivamente frente a los racistas.
La lucha de la izquierda anticapitalista sola y de grupos antifascistas solos, con enfrentamientos con los fascistas en las calles, está muy bien, pero no los frena. La movilización unitaria de la izquierda, sí.

Desde el Colectivo Acción Anticapitalistas animamos a personas a título individual y a organizaciones de izquierda a reimpulsar Unidad contra el fascismo y el racismo en Andalucía antes de que sea demasiado tarde.

Juan Antonio Gilabert Gil, activista Colectivo Acción Anticapitalista.

lunes, 15 de enero de 2018

ELECCIONES EN CATALUNYA: UNA VICTORIA AGRIDULCE PARA LA INDEPENDENCIA






A la espera de los acontecimientos en Cataluña después de las elecciones, subimos este artículos de nuestrxs compañerxs de Marx21 para entender mejor lo acontecido en las últimas elecciones al parlamento de Cataluña.
El titular de las elecciones al Parlament catalán es que los partidos independentistas conservan su mayoría. Tras meses de represión —con la aplicación del 155, líderes políticos en prisión y amenazas judiciales contra decenas de dirigentes más, cientos de sitios web clausurados…— es un gran logro.
El Partido Popular que ha liderado esta represión —con el apoyo activo del PSOE y Ciudadanos— perdió más de la mitad de su ya escaso apoyo y obtuvo solo el 4% de los votos y 3 escaños.
Pero hay otros aspectos negativos.
Ciudadanos fue el partido más votado, ganando en muchos barrios obreros de mayoría castellano hablante del extraradio de Barcelona, que antiguamente votaban al PSUC o, más recientemente, al PSC. También hubo traspaso de votos del PP, de gente que vio a Cs como a la mejor arma contra la independencia.
Cuando se creó, Cs se presentó como de centro izquierda, pero contrario a la independencia y leal a España. La pose progre ha desaparecido a favor del neoliberalismo absoluto, pero su españolismo es más fuerte que nunca. Esto les ha valido el respaldo de José María Aznar y también el de algunos fascistas. Algunas personas de izquierdas etiquetan a Cs como fascistas, lo que es un error, pero como un partido españolista y populista de derechas, es indudablemente un ambiente favorable para la extrema derecha.

Equidistantes

Los comunes sacaron malos resultados. En 2015, la coalición anterior, Catalunya Sí Que Es Pot obtuvo 11 escaños. Desde entonces, un complejo proceso de fusiones que ahora abarca al grupo de Ada Colau ha dado lugar a Catalunya En Comú, que en teoría es un partido más amplio. Pero en vez de crecer, han caído a 8 escaños. La razón principal de esta caída es, sin duda alguna, su negativa a tomar una posición acerca de la independencia. Algunos de sus miembros están a favor de la independencia, otros rabiosamente en contra, mientras que muchos prefieren no discutir el tema.
Ante el golpe antidemocrático del artículo 155, no se puede decir “ni DUI ni 155”, como si fueran malos por igual. No ayudó que Juan Carlos Monedero, del triunvirato fundador de Podemos, declarara dos días antes del 21D que “el 155 seguramente había que aplicarlo”, culpando también al independentismo por la represión (e igual que Pablo Iglesias, por el auge del fascismo).
El problema con los Comunes no es que no sean independentistas; es que en la práctica no toman una posición clara contra el nacionalismo español y por el derecho a decidir. Albano Dante-Fachin, el ex líder de Podem Catalunya, sí tomó esta posición y fue efectivamente expulsado cuando la dirección de Podemos en Madrid le aplicó su propio 155.
En todo caso y con esta falta de compromiso, a los comunes se les ve demasiado catalanistas para la gente españolista, y demasiado constitucionalistas para la gente independentista. La supuesta mayoría silenciosa que no quería ni DUI ni 155 no apareció.

Contienda independentista

Además de la batalla entre independentismo y españolismo, hubo una contienda entre los partidos independentistas.
El partido independentista más votado fue Junts Per Catalunya, la candidatura de Puigdemont. Con una lista formada principalmente por independientes —como Jordi Sánchez, ex presidente de la ANC— en realidad JxCat es un nuevo cambio de marca de Convergència, el viejo partido de Jordi Pujol, involucrado en años de recortes, privatización y corrupción.
Se esperaba que Esquerra Republicana de Catalunya superara a JxCat. Esto no ha sucedido, posiblemente porque mucha gente independentista pensó que la tarea actual es defender la república declarada el 27 de octubre, cuyo presidente es Puigdemont. Esto ignora el hecho de que el gobierno de Puigdemont no sólo fue reprimido; sino que se negó a resistir ante la represión. La república en realidad no existe, todavía tiene que ser construida… y el partido de Puigdemont ya ha demostrado que intenta evitar las batallas que sin duda harán falta. No obstante, el apoyo personal a Puigdemont —que por supuesto es un personaje impresionante— y las ilusiones en una república ya existente hicieron que muchos votos de ERC e incluso de la CUP fueran a JxCat.
Es de destacar que ERC condujo una campaña bastante de izquierdas, con llamamientos a la movilización, a favor de la justicia social, los derechos de las mujeres, contra la homofobia y el racismo. Najat Driouech, número diez de ERC en Barcelona, ​​será la primera diputada con hijab en el Parlament; otro nuevo diputado de ERC será Ruben Wagensberg, organizador clave de la masiva manifestación pro refugiados del pasado febrero.

La CUP-Crida Constituent

Finalmente, la Candidatura de Unitat Popular – Crida Constituent (CUP-CC) cayó de 10 a 4 escaños. Nuevamente, se debió a diferentes razones. Ya se ha comentado el factor Puigdemont. Además, su excelente resultado en 2015 fue en parte fruto de que entonces mucha gente de ERC votó a la CUP, en protesta por la coalición de Esquerra con la derechista Convergència.
Pero la pérdida de escaños también se debe a que la CUP no logró mantener suficiente perfil independiente como fuerza anticapitalista. Se mantuvieron firmes en muchos asuntos clave, pero muchas personas, especialmente en barrios obreros, los vieron como parte del bloque nacionalista catalán, en lugar de como una fuerza arraigada en la clase trabajadora que también apoya la independencia. El problema es que esta percepción es parcialmente correcta. Recientemente, muchas personas de la CUP han hablado de la necesidad de trabajar más en la “periferia” de Barcelona; algunas ya lo hacen, otros militantes de la CUP realmente no han entendido cómo conectar con la gente de estas zonas. Pero un problema fundamental es que el territorio en el que una izquierda anticapitalista fuerte debería sentirse como en casa se vea precisamente como la “periferia”; un territorio extranjero adonde hay que ir para buscar votos.
Dicho esto, que una candidatura claramente anticapitalista gane el 4,5% de los votos y 4 escaños no es poca cosa. A pesar de sus contradicciones, la CUP es una fuerza de izquierda muy importante en los movimientos sociales y en los Comités de Defensa de la República (CDR). Más allá de continuar —con menos fuerzas— su trabajo en el Parlament, la CUP puede y debe desempeñar un papel clave en la construcción de la lucha en la calle y —quizás su mayor tarea pendiente— en los lugares de trabajo.
Rajoy ya ha dicho que a pesar de que los partidos independentistas hayan obtenido la mayoría, no les permitirá aplicar los programas por los que la gente les ha votado.

La lucha desde abajo

Queda por ver si JxCat y ERC siguen luchando por la independencia. Pero ahora está claro que su plan anterior de lograr la ruptura con el Estado español, y comenzar el proceso constituyente para crear una Catalunya nueva y diferente, no se puede hacer como una medida administrativa acordada con Madrid. Se requerirá lucha desde abajo.
En eso, los CDR y otros espacios de movimientos y organización desde abajo, basados ​​esencialmente en la clase trabajadora, serán esenciales. La política de clase y el internacionalismo, no como una excusa para no hablar de independencia, sino como un elemento clave de la lucha por la independencia, tendrán que fortalecerse.
Ésta no es una batalla que la izquierda internacional pueda permitirse observar y comentar desde fuera. El verdadero desafío de la izquierda internacionalista con respecto a Catalunya es construir solidaridad con nuestra lucha y también luchar contra sus propios gobiernos. Los problemas a los que nos enfrentamos —el neoliberalismo, la represión, el hecho de no poder controlar nuestras propias vidas…— existen en todas partes. La lucha por el derecho de Catalunya a decidir su futuro no es una cuestión nacionalista estrecha, hoy es parte de la lucha internacional por un mundo diferente.

David Karvala es miembro de la red anticapitalista Marx21.net y uno de los organizadores de la iniciativa internacional de solidaridad con Catalunya, WithCatalonia.org

miércoles, 20 de diciembre de 2017

¿CÓMO CONSEGUIREMOS LA REPÚBLICA?



A pocas horas de las elecciones catalanas, Colectivo Acción Anticapitalista, subimos este artículo escrito por nuestros compañerxs de Marx 21, organización arraigada en Cataluña.

https://marx21.net/2017/12/15/como-conseguiremos-la-republica/
Catalunya se encuentra en un momento muy difícil. Las semanas de masivas movilizaciones, con el punto álgido del referéndum del 1-O y la huelga general del 3-O, gradualmente dieron paso a las vacilaciones desde arriba. La independencia fue declarada y suspendida el 10 de octubre y luego supuestamente declarada en firme el 27 de octubre. Pero la resistencia prometida por el govern ante el golpe de estado del 155 quedó en nada.
Ahora debemos enfrentarnos a la situación real. Ahora mismo, la república es un deseo, no una realidad. La brutal represión ha surtido efecto, pero otro factor muy importante son las limitaciones políticas en nuestro lado. Las elecciones del 21D impuestas por Rajoy, seguramente de manera inconstitucional, se han aceptado de facto por todas las fuerzas políticas de peso.
Sería terrible que los partidos unionistas ganasen las elecciones. Pero incluso si ganan las fuerzas pro independencia, ¿qué significa? El Estado español y las fuerzas políticas que actualmente lo lideran han dejado claro que no quieren que el pueblo de Catalunya tome una decisión democrática sobre su futuro.
¿Cómo podemos avanzar ante esta situación? Hagamos balance del Estado y luego pasemos a considerar la situación dentro de Catalunya.
El Estado español ante Catalunya
Vimos la cara real del Estado español en la brutal represión del referéndum y en la aplicación del 155. Pero sería un error ver esto como una desviación de alguna norma de los Estados democráticos. El apoyo total por parte de la Unión Europea, de casi todos los Estados de mundo, confirma que en el fondo, todos estarían dispuestos a recurrir a la fuerza al ver amenazado su poder. Tristemente, la falta de democracia real en el Estado español no se debe sólo a herencias del franquismo; es que la democracia burguesa es así.
Aplicando la represión, el PP ha demostrado su poco apego a los derechos humanos. Pero de nuevo, hay que insistir; el PP es autoritario, racista, machista y muchas cosas más; no es fascista. Todos sus homólogos europeos serían capaces de hacer lo mismo si decidiesen que la situación lo exigía. El PP ha intentado ser la voz fiel de la clase dirigente española. También hay que decir que este partido, más que ningún otro, ha utilizado el nacionalismo para encubrir su propia corrupción.
Aún así, le ha salido un competidor bajo la forma de Ciudadanos (C’s). Se presentaron inicialmente como una opción de centro izquierda, pero esto ya no cuela. Con su política económica neoliberal y su nacionalismo exacerbado, ahora incluso Aznar los apoya.
Sin embargo, un aspecto poco comentado es que nos interesa que haya desconcierto entre la clase dirigente. Durante décadas el PP, el PNV y CiU siempre se ponían de acuerdo en las cuestiones clave. Ahora el espacio del PP se divide y sus relaciones con las otras fuerzas se han complicado. Esto nos puede beneficiar si sabemos fortalecer nuestro bando.
La socialdemocracia real hoy
Ha sido lamentable el papel del PSOE en esta crisis. La resistencia que se dio en el PSOE contra el intento de golpe de Susana Díaz y los dinosaurios del partido demostraron que aún existen bases progresistas, pero estas semanas Sánchez, el PSOE, e incluso el PSC, se han sumado plenamente a la campaña españolista.
Sin embargo, de nuevo, no hay que dejarse confundir. Incluso hoy, el PSOE no es lo mismo que el PP. Más bien, demuestra el estado actual del reformismo, de la socialdemocracia. En Grecia, el viejo partido reformista PASOK casi se ha hundido, pero Syriza —que iba a abanderar la nueva política— ha asumido plena y rápidamente las contradicciones de la socialdemocracia, olvidando sus promesas electorales y dedicándose a gestionar el sistema en interés del 1%.
Por otro lado, en Gran Bretaña se puede ver como el Partido Laborista, dado por difunto bajo la dirección de Tony Blair, ahora parece muy vivo. Con Jeremy Corbyn, cientos de miles de personas, incluyendo a algunas procedentes del anarquismo, se han afiliado al laborismo. Esto es muy positivo, pero las limitaciones siguen ahí.
Los partidos socialdemócratas siempre combinan las promesas de cambio con su compromiso fundamental con el sistema actual. Esto se aplica al Partido Laborista, al PSOE, a Syriza… y a Podemos.
Podemos teme perder votos si se le asocia con la independencia de Catalunya; esto afecta incluso a dirigentes del sector Anticapitalistas. Pero la misma lógica les puede llevar mañana a esquivar la lucha contra la islamofobia, la transfobia, y al final contra cualquier forma de racismo o sexismo.
Podemos se presentó con diatribas contra “la casta”, pero pactó con el PSOE en Castilla La Mancha. Habló de ruptura con el régimen de 1978, pero ante una movilización masiva en Catalunya y la posibilidad real de ruptura, exige el respeto a la legalidad. El cambio social que promete y exige Podemos es imposible sin romper con el sistema; estas semanas ha demostrado que en un momento de crisis, como todo partido socialdemócrata, defiende el sistema.
Dicho todo esto, hay que reconocer que hay voces en el resto del Estado que apoyan los derechos democráticos de Catalunya. Unos pocos individuos y varios sectores de la izquierda alternativa han tomado posiciones dignas, aunque por ahora son una minoría.
La dirección del Procés
Sabemos, ahora más que nunca, que el Estado español es un peligroso y brutal enemigo de la democracia, pero la victoria es posible. Hace falta movilizar y unir las fuerzas necesarias, así como elaborar las estrategias adecuadas.
Las estrategias de JuntsxSí han ido más lejos de lo previsible. (En esto, hay que reconocer que Puigdemont ha contribuido mucho. A finales de 2015, la derecha catalanista vilipendió a la gente anticapitalista de la CUP-Crida Constituent por su rechazo a Artur Mas; ahora deben reconocer su error). De hecho, han sido más radicales de lo que los dirigentes convergentes deseaban. CiU/Pedecat intentaba ser la voz de la burguesía catalana, pero el hecho de tener raíces entre la pequeña y mediana burguesía lo arrastró al independentismo y a hablar de ruptura. Este papel le sienta mal.
Marx dijo que la clase trabajadora no tiene nada que perder salvo sus cadenas. En cambio, los dirigentes del Pedecat —y aún más sus amigos empresarios— tienen mucho que perder en una lucha decidida por el cambio. Esto explica sus vacilaciones sobre la DUI.
ERC es más de izquierdas, y tiene más base popular, pero también apela a los empresarios. Según una declaración suya, querrían contentar al 90% del empresariado. De nuevo, mantener este compromiso dificulta una ruptura real.
Como parte de la dirección del Procés, la CUP ha jugado un papel generalmente positivo, empujando hacia el cambio y la independencia, combatiendo los intentos de buscar acuerdos a la baja con Madrid. Tratándose de un partido minoritario en las instituciones, ha jugado bastante bien sus cartas. Dicho esto, para ser una coalición anticapitalista, su 5 o 10% de apoyo popular es mucho. Tiene responsabilidades más grandes que las que tocaría a un socio menor de JxSí.
Sobre todo, la solución no está en las instituciones. Para analizar el papel que ha jugado y juega la izquierda, hay que considerar los retos que tenemos delante.
¿Qué hay que hacer en Catalunya?
En teoría, hay un creciente consenso dentro del soberanismo respecto a lo que hay que hacer. Por un lado, hay que ganar más apoyo entre la gente que duda, especialmente en los barrios populares del extrarradio de Barcelona. Por otro, hay que trabajar más en el ámbito internacional. Pero todo esto se puede entender de maneras muy diferentes.
Cuando se habla del extrarradio o la periferia de Barcelona, realmente se está hablando de un sector de la clase trabajadora catalana; aquella parte que no siente una identidad nacional catalana tan fuerte; que normalmente se expresa en castellano; que históricamente votaba al PSUC o al PSC; y ahora quizá a los comunes o incluso a C’s. No es cierto que toda la clase trabajadora tenga este perfil, como algunos nos quieren hacer pensar. Hay independentistas en las fábricas del Baix Llobregat, en CCOO y la UGT… Pero esta parte no catalanista, e incluso españolista, de la clase trabajadora catalana existe. ¿Cómo debe la izquierda consecuente relacionarse con ella?
La opción de los Comunes, o al menos de Pablo Iglesias en sus visitas ocasionales a Catalunya, parece ser la de enfatizar su identidad española, andaluza, extremeña… En un mitin electoral en Rubí, Iglesias pidió el voto de quienes “no se avergüenzan de tener abuelos andaluces o padres extremeños”… (como si las personas en Catalunya de estos orígenes sintieran vergüenza por ello). En el momento actual, argumentos de este tipo sólo pueden entenderse como un intento de mantener la unidad de España.
Por otro lado, si bien la CUP habla de “la clase trabajadora y clases populares”, generalmente lo hace desde una perspectiva nacional, en base a una identidad nacional. Es verdad que la CUP está avanzando en este tema; hace pocos años era inconcebible un vídeo electoral de la CUP en castellano, recientemente se han producido algunos. Pero los largos años de militancia en pequeños grupos independentistas, con visiones francamente nacionalistas, aún pesan mucho en buena parte de la CUP.
Otro aspecto del problema, fruto de la influencia del estalinismo entre bastantes sectores de la CUP, es una visión mecánica de la clase trabajadora. O bien es una clase plenamente radical, que sólo debe romper con la influencia de los traidores burócratas para impulsar la ruptura. O bien es gente idiotizada y reaccionaria que sólo mira la TV y sueña con comprar un coche nuevo. Falta la visión dialéctica de la clase trabajadora, con las ideas contradictorias y cambiantes. Una visión así llevaría a una izquierda anticapitalista fuerte a hacer un trabajo paciente entre el conjunto de la clase trabajadora. Para algunos sectores de la CUP, sin embargo, el trabajo sindical supone construir un sindicato independentista y anticapitalista, muy minoritario, con actitudes sectarias hacia los sindicatos mayoritarios que actualmente representan a una parte importante de la clase trabajadora.
Estas limitaciones representarían un problema en cualquier situación. En un momento en que hace falta fortalecer las ideas y movimientos de ruptura, tanto en lo nacional como en lo social, dentro de la clase trabajadora catalana, la debilidad actual de la izquierda anticapitalista es un problema muy grave.
También existen problemas respecto al internacionalismo. Muchas personas de la izquierda independentista realmente no defienden el internacionalismo, sino el inter-nacionalismo. Marx y Engels defendieron un internacionalismo basado en los interesos compartido de la gente trabajadora, sea cual sea su nacionalidad; como una sola clase internacional. Según la visión inter-nacionalista, se trata de sumar nacionalismos, que se apoyen entre sí. Siguiendo esta lógica, los aliados preferidos de la lucha por la independencia de Catalunya serían los movimientos nacionales de Kurdistán, Irlanda, Escocia, Córcega, etc., en base a sus experiencias de lucha nacional. Según la visión marxista del internacionalismo, se tendría que buscar la solidaridad entre las clases trabajadoras de todos los países, en base al interés común de clase.
Parece que la CUP empieza a plantearse el internacionalismo como tal, pero la visión “inter-nacionalista” todavía pesa mucho dentro de la organización.
Los CDRs como contrapoder
Lo que faltaba en octubre de 2017 fue el contrapoder; una fuerza capaz de convertir la votación por la república en realidad. Quedó en evidencia que las instituciones autonómicas no lo son; empezando con la cúpula de los Mossos, toda la promesa de defender desde la Generalitat la legitimidad de la república y del 1-O despareció.
Los Comités de Defensa del Referéndum (CDR), que en muchos casos luego pasaron a llamarse los Comités de Defensa de la República, fueron lo más cercano a un contrapoder. En los mejores casos, los CDRs aglutinan a centenares de personas de un barrio o un municipio, de diferentes sensibilidades progresistas y soberanistas, en un trabajo conjunto. También es cierto que algunos CDRs se limitan a un pequeño grupo de conocidos, o bien son el coto privado de un grupo político u otro.
La fuerza de los CDRs se vio claramente el 1 de octubre; sin los CDRs, y otras asambleas parecidas, el referéndum no se habría podido celebrar. También participaron de manera impresionante en la huelga general del 3-O. En cambio, el paro del 8 de noviembre reveló tanto su fuerza como sus debilidades. El 8N, en realidad, no hubo una huelga general obrera. Muchos CDRs organizaron bloqueos de carreteras, o de vías de tren; en un momento, se mostró en TV3 el mapa de Catalunya lleno de bloqueos. Fue impresionante, pero demostró que los CDRs no tienen base dentro de los lugares de trabajo para llevar a cabo una huelga general como tal.
Ahora se empiezan a recibir multas por los bloqueos. No hay constancia de que hayan intentado multar a delegados sindicales por la huelga del 3-O… precisamente porque las autoridades saben que aquí cualquier intento de reprimir provocaría una respuesta fulminante. (Se da por sentado aquí, que nadie se cree el mito de la independencia judicial).
Los CDRs son importantes, pero ahora mismo se parecen más a las asambleas del 15M que no a los soviets, los consejos de delegados y delegadas de fábrica en Rusia que tomaron el poder en octubre de 1917.
No sabemos qué pasará el 21 de diciembre y después, pero si no queremos abandonar la lucha por la ruptura, y la independencia —y parece que millones de personas en Catalunya no piensan abandonar— tendremos que fortalecernos, construir nuestro poder; para defendernos de futuros ataques, seguro; y con suerte, llegado el momento, para impulsar nuevas luchas e iniciativas de cambio.
Los CDRs podrían ser un elemento clave de este proceso. Para que sea así, hará falta que lleguen a representar no sólo a individuos, sino a bloques de la clase trabajadora como tal. Esto requerirá implicar a gente trabajadora con ideas mucho más diversas sobre la cuestión nacional. Requerirá tratar, cada vez más, cuestiones sociales y laborales, sin conexión directa con la independencia. Pero, sobre todo requerirá que la izquierda trate a la gente trabajadora no como a un objeto, el recipiente de las políticas, sino como al sujeto del cambio.
El reto para la izquierda anticapitalista es contribuir a este proceso.
Y para que así sea, hará falta construir una izquierda anticapitalista más fuerte, con ideas más sólidas, basadas en el poder de la lucha de clase desde abajo y el internacionalismo. En esto estamos, con fuerzas bastante modestas, en Marx21